martes, 27 de julio de 2010

En alas del semeruco

Hubo un tiempo en que Barquisimeto estaba rodeada por su lado norte de extensas sabanas plenas de árboles de semeruco, a las que la muchachada acudía en bandadas cada vez que se corría la voz de que su follaje empezaba a henchirse de la roja fruta acidulce.

Cuando esas sabanas cedieron a la presión urbanística, no faltaron las casas que dotaron sus solares y jardines con un par de estos hijos dilectos del semiárido. Actualmente, son raros los que sobreviven y a la mayoría de nuestros niños el nombre mismo resulta exótico. Por fortuna, Carlos Leal ha logrado poner de moda el jugo de semeruco en muchos restaurantes y banquetes locales con la provisión, si no constante por lo menos periódica, de su ya afamada pulpa azucarada de semeruco.

Quiso entonces la proverbial habilidad de mi mamá para el cultivo de plantas, afanarse en el cuidado de un ejemplar adquirido hace tres años en el vivero del Parque Bosque Macuto. Y hoy, justo esta mañana límpida y soleada, sus ramas adolescentes pusieron sobre nuestras manos los primeros frutos maduros, brillantes bajo el sol y vivaces en el paladar. Esos que muestro en las fotos que acompañan la presente nota. Ni más ni menos que como en la infancia, cuando asaltábamos el único árbol de semeruco a la vista, justo frente a nuestra casa, en los abonados predios del cementerio de Las Colinas.

Ojalá complazca a la Providencia ver de nuevo cubiertas de semerucos las extensas sabanas del semiárido larense. Por lo pronto, mamá desea sembrar otro ejemplar. Y yo, que les ofrecí a mis hijas compartir este tesoro, no sé qué hacer con estas ganas de comérmelos todos.