martes, 7 de septiembre de 2010

La primera hallaca...

...del año, quise decir. Es cierto que otras veces he llegado con menos retraso a comer esa primera hallaca que a los venezolanos nos resulta una anticipación multisápida de la navidad, pero lo más curioso esta vez ha sido llegar a ella de la mano de una hallaca tan poco común.

Me refiero a una de las hallacas elaboradas por Miriam Vásquez, barquisimetana de la populosa urbanización La Concordia de la capital larense, cuya primera oportunidad de degustarlas tuve recientemente. Digo curiosa porque se trata de una hallaca cuasivegetariana, pero no por simple reducción de las proteínas cárnicas debido a razones económicas (lo cual podría permitirnos hablar de todo un género de hallacas de creciente número durante los últimos años) sino por búsqueda y concepción de una hallaca que reduciendo al mínimo estas proteínas (exclusivamente representadas por una pequeña cantidad de pollo) pudiera, sin embargo, nutrirse de una armónica combinación de diversos vegetales que vienen a constituir la parte principal de su guiso y, para mi grata sorpresa, son capaces de dotarla de un apetitoso aroma y un rico sabor que en nada desmerece de cualquiera otra de las variedades más reputadas de la hallaca venezolana; logro, por lo demás, poco común entre los restaurantes especializados en comida vegetariana, generalmente identificables por una sazón desabrida y monótona.

Siempre he pensado que la mesa pública vegetariana, por lo menos tal como se manifiesta en Venezuela, adolece del grave defecto de pretender emular las texturas y sabores cárnicos, como se evidencia en la muy frecuente oferta de diversos platos de o con "carne de soya". Hasta "jamón vegetariano" quisieron venderle una vez a un paisano mío que regentaba en Mérida un restaurante de esta especialidad. El desteñirse completamente en el agua de cocción fue motivo suficiente para negarse a incorporar semejante ingrediente en su menú, para no mencionar nada de su infame aspecto inicial.

La verdad es que los vegetales ofrecen una paleta de sabores extraordinariamente amplia, susceptible de otorgar intensa sazón a cualquier preparación bien concebida y mejor ejecutada. Sin el complejo de equipararse a la carne, los vegetales, sabiamente tratados, pueden dar lugar a experiencias en extremo gratificantes al paladar, como bien lo recordó el nuestro al solazarse con una de las hallacas de esta generosa amiga.