domingo, 19 de junio de 2011

Ética y éxito de un restaurante

"Más rápido se agarra a un embustero que a un cojo", decía una querida amiga mía. "Entre cielo y tierra no hay nada oculto", garantizaba por su parte mi abuela, menos confiada en la inmediatez de resultados. Lo cierto del caso es que, por lo menos en materia culinaria, la experiencia demuestra que los engaños y falsificaciones conducen, tarde o temprano, a funestos desenlaces. Como decíamos de muchachos, "la tracalería sale", pues.

A veces, no es que los confiados comensales logren discernir del todo el origen o la forma exacta del engaño. Pero cierta manera de presentar los platos, la incongruencia entre el texto del menú y el plato que se sirve, cuando no un ligero retrogusto, acidez o aroma, desagradables, terminan por hacerles preferir asistir a comer a otro lugar.


Recuerdo una vez que una voluntariosa cocinera que trabajaba en un restaurante de mi propiedad, al conocer que una sopa se había dañado, se me ofreció inmediatamente para "salvarla", poniéndola a hervir de nuevo. Aunque agradecido por su buena intención, tuve que explicarle que la simple pérdida del estado óptimo en que debe servirse una comida es motivo suficiente para retirar un plato del menú y que eso era parte del costo que implicaba la responsabilidad de servir alimentos. Contimás si entrañaba el más mínimo riesgo de atentar contra la salud de nuestros comensales.

Recientemente, me encontré con un restaurante en el que por "carpaccio de lomito" servían uno de "pulpa negra", ambos cortes de carne de res, obviamente, pero el primero no sólo de precio muy superior en las carnicerías sino indudablemente con un gusto y textura muy característicos. Así se entiende por qué en algunos lugares se ha puesto de moda presentar este plato totalmente cubierto de vegetales y salsas que impiden del todo atisbar siquiera lo que hay debajo. Por algo será.

Sin embargo, lo más curioso es que muchos de los propietarios de estos restaurantes, al cabo terminan preguntándose por qué su clientela disminuye. (O no termina de llegar nunca).